Miércoles 18-viernes 20 junio. Astorga-Pereje
Casi tres días sin escribir. No he tenido tiempo, ni he querido tenerlo. Han sido tres días geniales: buen tiempo, pueblos preciosos, paisajes increíbles y, sobre todo, la mejor compañía.
El miércoles salimos a dar una vueltilla por Astorga con los chicos valencianos. Compraron comid tipo embutidos y nos invitaron a cenar con ellos; qué jartá de reirnos, por favor. Cenamos en la terraza del albergue, precioso, todo el campo y la noche, con luna incluida, desde el mirador. Entre cervezas y risas nos dieron más de medianoche.
Y así han sido estos tres últimos días. Son un cielo de chavales; muy, muy divertidos y extremadamente amables. Yo que me he quedado rezagada un par de veces nunca me he quedado sola andando. Lo de un par de veces es un eufemismo; hoy me molestaba muchísimo la rodilla, volvía a caminar a dos por hora y me han acompañado un rato Santi y otro Ximo. Santi la primera parte, hasta la paradita de rigor para el almuerzo (la cecina ha entrado en el top ten de mis comidas favoritas); hemos ido hablando de nuestras familias, de nuestras vidas, de lo que esperamos de ella, lo que nos gusta, lo que nos pone de los nervios, de la inmigración, la educación de los niños y hasta hemos imitado a Lina Morgan, gracias a mi gorrito con la visera vuelta. Y los últimos kilómetros me ha acompañado Ximo, que nos hemos pillado una solana de flipar andando a paso de burra, que cansa un montón. Y él ahí, conmigo pasito a pasito para que no me quedara sola. El pobre, todo lo grande que es, sudando y prácticamente fundiéndose bajo el sol, venga a subir y bajar lomitas entre viñedos. Creo que si llego a tener que hacerlo sola me siento en el suelo en medio del pedregal y ahí me quedo. Gracias Xim; sabes que terminé gracias a ti.
Mientras, Pep, Santi y Carlos se han salido. En el albergue donde íbamos a dormir había cocina, pero en el pueblo, Pereje, no había tienda. Así que han tirado más rápido, han hecho compras en el pueblo anterior (Villafranca del Bierzo, cinco kilómetros antes) y cargados con arroz, caldo, costilla, pollo, aceite, cervezas y no sé cuántas cosas más han llegado al albergue y han preparado la comida para cuando llegáramos.
Casi no tengo palabras para describirlos. Te habland, te cuentan, te preguntan, te hacen reir, se preocupan por ti, te acompañan, te animan, te abrazan... Carlos (que tiene una herida en la frente y se atreve a ponerse en mis manos para las curas) hace unos masajes increíbles y se ha pasado las dos últimas tardes reestructurando espaldas, piernas, cabezas... Y todo después de la paliza de andar todo el día.
Mañana es ya la última etapa que hacen y me da muchísima pena que se vayan. El camino a partir de ahora ya no volverá a ser igual. Y hoy ha llegado, por sorpresa, Alex, un chico de Erandio con el que han hecho el camino otros años pero que éste no podía venir por curro. Y ha aparecido para darles sin decirles nada.
Se me amontonan en la cabeza todo lo que hemos hecho estos días, las cosas de las que hemos hablado, lo que me han hecho sentir entre todos los que ahora andamos juntos, duendecita incluida. Las comidas compartidas, las tardes de charla tumbados en el jardín, las cervecitas después de cenar, los paseos por el castillo, los abrazos al despertar, las horas caminando en silencio o hablando, sola o junto a alguien más, pero siempre acompañada. Parece mentira lo mucho que puedes llegar a compartir con otras personas en apenas cinco días, el cariño que te une a ellas.
El jueves subimos hasta casi la cruz de Ferro, a un pueblo que se llama Foncebadon (todos conmigo, f-o-n-c-e-b-a-d-o-n), casi abandonado. Después de cenar salimos Santi, Ximo y yo a ver la luna. Hacía un frío de morirse y ahí estuvimos los tres, sentados en una viga en medio de un prado a 1.400 metros, sin nada alrededor, sólo campos, montes y vacas, mirando la luna que iba elevándose en el horizonte, cervecita en mano. Tanto frío, tanto frío, que los dos, que parecen estufas andantes con el calor que despiden, se sentaron uno a cada lado para que entrara en calor. Hasta que casi mueren ellos congelados, aprendices de chicarrones del norte, en chancletas y manga corta...
No soy capaz de escribir nada más. Las palabras se me quedan cortas. Y ya he perdido demasiado tiempo sin estar con ellos. Y eso, ahora, es lo que más me importa.
PD: Tengo una navaja nueva. Gracias Pep.
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