Domingo 22 junio. Pereje-Triacastela
Día triste. De despedidas. Esta mañana se han ido los cinco caballeros; esta tarde, Lorena y Almudena. Habían llegado el viernes por la noche y ha sido una delicia tenerlas aqui.
No tengo palabras que puedan describir a estos chicos (y eso en una gran periodista como yo es malo, muy malo). Cada uno con sus peculiaridades, pero todos ellos excepcionales. Toni, el macho alfa, con sus necesidades primarias y sus carcajadas espontáneas; Pep, nuestro gran Gandalf, con esa serenidad que irradia, su mirada limpia y sus palabras de aliento; Ximo, un pedazo de pan pero en tamaño hogaza, y sus abrazos de oso; la mirada sucia y las segundas lecturas de Carlos, el gran corazon que esconde, siempre dispuesto a ayudarte; y Santi, un pequeño hobbit siempre sonriente. Agradecida y emocionada, no quiero añadir nada más; las palabras no serían suficientes. Pero alguien me debe una cerveza desde Astorga...
Lo que hicieron ayer por mí fue increíble; como seguía renqueando de la rodilla, se repartieron todos mis trastos entre sus mochilas y dejaron la mía practicamente vacia. Y así subieron O Cebreiro. Es una de las cosas más bonitas que nadie ha hecho por mí; no se me va a olvidar nunca, chicos. Sabéis lo importante que fue para mí.
O Cebreiro es un pueblo precioso. Directo al puesto número 1 del recien estrenado ranking de pueblos romanticos. Por muchas razones. La de ayer, una tarde genial. Después de la ducha (con agua fria, congelada) y la comida (con esos platos top diseño) salimos a dar una mini vuelta: cafecito, la iglesia, una casa tipica gallega que estuvo habitada hasta los años 60, las compritas de rigor... Lo mejor, sentarnos un momento al borde del valle, con unas vistas increíbles, en un murete junto a la carretera.
Tuvimos nuestro momento ciudad de angeles para ver el atardecer, bebida radioactiva incluida. Y por la noche, después de echarnos las runas (ojalá sea cierto, Ali) hicimos escapada adolescente para salir del albergue a ver las estrellas por la ventana de la cocina. Y allí nos fuimos, de vuelta al murete a ver un cielo estrellado increible. Con almohada incluida. Ahí se hubiera parado el tiempo. Cuánto me hubiera gustado que esa noche no terminara nunca.
Tras alargar todo lo posible el desayuno, la despedida; triste, pero con la alegría indescriptible de h aber conocido a personas tan especiales. Y la certeza absoluta de que nos veremos pronto, muy pronto.
Lorena y Aludena se han marchado después de comer en Triacastela. Lore me ha hecho de muletilla toda la bajada (una cuesta interminable) y Almu ha vuelto a robarme parte de mis pertenencias. Estas chicas valen su peso en oro. Peregrinas de verdad.
En el albergue también están Bea y Juan. No sé si había hablado de ellos hasta ahora. Son una pareja encantadora y divertidísima; Bea una jabata que no anda, vuela con sus bastones y su Ipod, y el pobre Juanito metros atrás, intentando seguirla el paso. Siempre bromeando con las miradas de Juan a otras chicas; a la elfa, una chica danesa absolutamente preciosa, habia jurado despeñarla O Cebreiro abajo si se la encontraba. Afortunadamente hemos podido evitarlo.
La etapa de hoy ha sido unas risas. Nada mas salir de O Cebreiro en una aldea ha salido una señora con un plato de filloas que nos han sabido a gloria. Y hemos tenido que sortear vacas; iban andando por el mismo camino y mientras pasaba entre culo y culo sólo podía pensar en dos cosas: que no se movieran y muriera aplastada, y que no se pusieran a mear y me ducharan. Con el alma en un puño he pasado.
Lo importante no es llegar a Santiago sino el camino. Había escuchado esa frase cientos de veces y sólo ahora la entiendo. Ojalá no terminara nunca; ojalá pudiera repetir estos días en los que he revisado miedos e ilusiones, he mirado y me han mirado a los ojos al hablar, estos días de abrazos, de besos al despertar y sonrisas cómplices al llegar al albergue, de risaas, bromas, juegos y confidencias; estos días en los que he sido Itziar, Iratxe, Arichi y Guirlache.
viernes, 27 de junio de 2008
miércoles, 25 de junio de 2008
En buena compañía
Miércoles 18-viernes 20 junio. Astorga-Pereje
Casi tres días sin escribir. No he tenido tiempo, ni he querido tenerlo. Han sido tres días geniales: buen tiempo, pueblos preciosos, paisajes increíbles y, sobre todo, la mejor compañía.
El miércoles salimos a dar una vueltilla por Astorga con los chicos valencianos. Compraron comid tipo embutidos y nos invitaron a cenar con ellos; qué jartá de reirnos, por favor. Cenamos en la terraza del albergue, precioso, todo el campo y la noche, con luna incluida, desde el mirador. Entre cervezas y risas nos dieron más de medianoche.
Y así han sido estos tres últimos días. Son un cielo de chavales; muy, muy divertidos y extremadamente amables. Yo que me he quedado rezagada un par de veces nunca me he quedado sola andando. Lo de un par de veces es un eufemismo; hoy me molestaba muchísimo la rodilla, volvía a caminar a dos por hora y me han acompañado un rato Santi y otro Ximo. Santi la primera parte, hasta la paradita de rigor para el almuerzo (la cecina ha entrado en el top ten de mis comidas favoritas); hemos ido hablando de nuestras familias, de nuestras vidas, de lo que esperamos de ella, lo que nos gusta, lo que nos pone de los nervios, de la inmigración, la educación de los niños y hasta hemos imitado a Lina Morgan, gracias a mi gorrito con la visera vuelta. Y los últimos kilómetros me ha acompañado Ximo, que nos hemos pillado una solana de flipar andando a paso de burra, que cansa un montón. Y él ahí, conmigo pasito a pasito para que no me quedara sola. El pobre, todo lo grande que es, sudando y prácticamente fundiéndose bajo el sol, venga a subir y bajar lomitas entre viñedos. Creo que si llego a tener que hacerlo sola me siento en el suelo en medio del pedregal y ahí me quedo. Gracias Xim; sabes que terminé gracias a ti.
Mientras, Pep, Santi y Carlos se han salido. En el albergue donde íbamos a dormir había cocina, pero en el pueblo, Pereje, no había tienda. Así que han tirado más rápido, han hecho compras en el pueblo anterior (Villafranca del Bierzo, cinco kilómetros antes) y cargados con arroz, caldo, costilla, pollo, aceite, cervezas y no sé cuántas cosas más han llegado al albergue y han preparado la comida para cuando llegáramos.
Casi no tengo palabras para describirlos. Te habland, te cuentan, te preguntan, te hacen reir, se preocupan por ti, te acompañan, te animan, te abrazan... Carlos (que tiene una herida en la frente y se atreve a ponerse en mis manos para las curas) hace unos masajes increíbles y se ha pasado las dos últimas tardes reestructurando espaldas, piernas, cabezas... Y todo después de la paliza de andar todo el día.
Mañana es ya la última etapa que hacen y me da muchísima pena que se vayan. El camino a partir de ahora ya no volverá a ser igual. Y hoy ha llegado, por sorpresa, Alex, un chico de Erandio con el que han hecho el camino otros años pero que éste no podía venir por curro. Y ha aparecido para darles sin decirles nada.
Se me amontonan en la cabeza todo lo que hemos hecho estos días, las cosas de las que hemos hablado, lo que me han hecho sentir entre todos los que ahora andamos juntos, duendecita incluida. Las comidas compartidas, las tardes de charla tumbados en el jardín, las cervecitas después de cenar, los paseos por el castillo, los abrazos al despertar, las horas caminando en silencio o hablando, sola o junto a alguien más, pero siempre acompañada. Parece mentira lo mucho que puedes llegar a compartir con otras personas en apenas cinco días, el cariño que te une a ellas.
El jueves subimos hasta casi la cruz de Ferro, a un pueblo que se llama Foncebadon (todos conmigo, f-o-n-c-e-b-a-d-o-n), casi abandonado. Después de cenar salimos Santi, Ximo y yo a ver la luna. Hacía un frío de morirse y ahí estuvimos los tres, sentados en una viga en medio de un prado a 1.400 metros, sin nada alrededor, sólo campos, montes y vacas, mirando la luna que iba elevándose en el horizonte, cervecita en mano. Tanto frío, tanto frío, que los dos, que parecen estufas andantes con el calor que despiden, se sentaron uno a cada lado para que entrara en calor. Hasta que casi mueren ellos congelados, aprendices de chicarrones del norte, en chancletas y manga corta...
No soy capaz de escribir nada más. Las palabras se me quedan cortas. Y ya he perdido demasiado tiempo sin estar con ellos. Y eso, ahora, es lo que más me importa.
PD: Tengo una navaja nueva. Gracias Pep.
Casi tres días sin escribir. No he tenido tiempo, ni he querido tenerlo. Han sido tres días geniales: buen tiempo, pueblos preciosos, paisajes increíbles y, sobre todo, la mejor compañía.
El miércoles salimos a dar una vueltilla por Astorga con los chicos valencianos. Compraron comid tipo embutidos y nos invitaron a cenar con ellos; qué jartá de reirnos, por favor. Cenamos en la terraza del albergue, precioso, todo el campo y la noche, con luna incluida, desde el mirador. Entre cervezas y risas nos dieron más de medianoche.
Y así han sido estos tres últimos días. Son un cielo de chavales; muy, muy divertidos y extremadamente amables. Yo que me he quedado rezagada un par de veces nunca me he quedado sola andando. Lo de un par de veces es un eufemismo; hoy me molestaba muchísimo la rodilla, volvía a caminar a dos por hora y me han acompañado un rato Santi y otro Ximo. Santi la primera parte, hasta la paradita de rigor para el almuerzo (la cecina ha entrado en el top ten de mis comidas favoritas); hemos ido hablando de nuestras familias, de nuestras vidas, de lo que esperamos de ella, lo que nos gusta, lo que nos pone de los nervios, de la inmigración, la educación de los niños y hasta hemos imitado a Lina Morgan, gracias a mi gorrito con la visera vuelta. Y los últimos kilómetros me ha acompañado Ximo, que nos hemos pillado una solana de flipar andando a paso de burra, que cansa un montón. Y él ahí, conmigo pasito a pasito para que no me quedara sola. El pobre, todo lo grande que es, sudando y prácticamente fundiéndose bajo el sol, venga a subir y bajar lomitas entre viñedos. Creo que si llego a tener que hacerlo sola me siento en el suelo en medio del pedregal y ahí me quedo. Gracias Xim; sabes que terminé gracias a ti.
Mientras, Pep, Santi y Carlos se han salido. En el albergue donde íbamos a dormir había cocina, pero en el pueblo, Pereje, no había tienda. Así que han tirado más rápido, han hecho compras en el pueblo anterior (Villafranca del Bierzo, cinco kilómetros antes) y cargados con arroz, caldo, costilla, pollo, aceite, cervezas y no sé cuántas cosas más han llegado al albergue y han preparado la comida para cuando llegáramos.
Casi no tengo palabras para describirlos. Te habland, te cuentan, te preguntan, te hacen reir, se preocupan por ti, te acompañan, te animan, te abrazan... Carlos (que tiene una herida en la frente y se atreve a ponerse en mis manos para las curas) hace unos masajes increíbles y se ha pasado las dos últimas tardes reestructurando espaldas, piernas, cabezas... Y todo después de la paliza de andar todo el día.
Mañana es ya la última etapa que hacen y me da muchísima pena que se vayan. El camino a partir de ahora ya no volverá a ser igual. Y hoy ha llegado, por sorpresa, Alex, un chico de Erandio con el que han hecho el camino otros años pero que éste no podía venir por curro. Y ha aparecido para darles sin decirles nada.
Se me amontonan en la cabeza todo lo que hemos hecho estos días, las cosas de las que hemos hablado, lo que me han hecho sentir entre todos los que ahora andamos juntos, duendecita incluida. Las comidas compartidas, las tardes de charla tumbados en el jardín, las cervecitas después de cenar, los paseos por el castillo, los abrazos al despertar, las horas caminando en silencio o hablando, sola o junto a alguien más, pero siempre acompañada. Parece mentira lo mucho que puedes llegar a compartir con otras personas en apenas cinco días, el cariño que te une a ellas.
El jueves subimos hasta casi la cruz de Ferro, a un pueblo que se llama Foncebadon (todos conmigo, f-o-n-c-e-b-a-d-o-n), casi abandonado. Después de cenar salimos Santi, Ximo y yo a ver la luna. Hacía un frío de morirse y ahí estuvimos los tres, sentados en una viga en medio de un prado a 1.400 metros, sin nada alrededor, sólo campos, montes y vacas, mirando la luna que iba elevándose en el horizonte, cervecita en mano. Tanto frío, tanto frío, que los dos, que parecen estufas andantes con el calor que despiden, se sentaron uno a cada lado para que entrara en calor. Hasta que casi mueren ellos congelados, aprendices de chicarrones del norte, en chancletas y manga corta...
No soy capaz de escribir nada más. Las palabras se me quedan cortas. Y ya he perdido demasiado tiempo sin estar con ellos. Y eso, ahora, es lo que más me importa.
PD: Tengo una navaja nueva. Gracias Pep.
jueves, 19 de junio de 2008
Malas noticias
Martes, 17 junio. San Martin del Camino-Astorga, 24 kms
¡¿Cómo no me acordé ayer de nombrar a Agapito?! Salíamos nosotros desesperados de León, agobiados por tantas calles y coches, chispeando aún (por supuesto con la capa puesta) cuando nos encontramos una cesta llena de frutos secos, galletas y patatas fritas, y la indicación de una fuente a 200 metros; un regalo al peregrino de Agapito. Y allí estaba Agapito, unos metros más allá, trabajando en su huerta. Nos saludó, habló un rato con nosotros y, cómo no, nos deseó buen camino. Un encanto de hombre.
La etapa de hoy ha sido muy chula. El paisaje ha cambiado totalmente y todo es mucho más verde. Hemos atravesado unas mesetillas con árboles bajitos, muy parecidas a la dehesa extremeña que he visto en fotos. Y aunque era un camino pedregoso algo incómodo para caminar y ha habido algunos repechos y cuestas abajo (que casi son peores que las cuestas arriba, por lo que sufren las rodillas), ha sido una etapa muy agradable. Encima, ha salido un día buenísimo, con sol, fresquito (muy fresquito) por la mañana y demasiado calor ya cuando hemos llegado a Astorga. Queríamos huir de la carretera. En un cruce hemos visto que se podía ir por la carretera o campo a través. Y aunque el camino era más largo, no nos lo hemos pensado. Bueno, realmente no habíamos visto el cartel, pero nos lo ha dicho un canadiense muy majo que estaba parado en el cruce preguntando a todos los peregrinos si habíamos perdido un bastón azul que había encontrado.
Hemos comido con unos chicos de Valencia, Santi, Pepe, Toni, Chimo y Carlos; bueno, de Valencia los primeros, de A Coruña el último. Muy simpáticos, cada año hace una semana del camino. Los cuatro valencianos se conocían de antes, al gallego le conocieron aquí. Les vimos ya ayer en el bar en el que paramos a desayunar pero anocheron durmieron en otro pueblo. Nos han inviado a capuccinos que tenían y nosotros hemos sacado unos croisants de chocolate. Nos hemos reído un montón.
El albergue en el que estamos es una maravilla, siervas de María. Por el mismo precio (cuatro euros) puedes elegir habitaciones de 2, 4 ó 6 camas. Es muy grande y está todo nuevo muy limpio; con cocina, un comedoir, otra terraza donde hemos comido con vistas al campo y un jardincito muy agradable en la parte de atrás. Ahí he estado un ratillo tumbada al sol leyendo, la mar de a gusto, mientras el resto echaba la siesta. Qué diferencia con el de ayer, hasta el tiempo acompaña hoy. Y el hospitalero también es muy majo.
Mauro ha llegado un poco más tarde que nosotros, con malas noticias. Santiago ha tenido que irse al hospital con un cólico renal. Se ha levantado con dolores, ha intentado seguir andando pero al de 7 kilómetros han tenido que llamar a una ambulancia y llevarle al hospital de León. Qué triste. Ánimo, Santiago!
¡¿Cómo no me acordé ayer de nombrar a Agapito?! Salíamos nosotros desesperados de León, agobiados por tantas calles y coches, chispeando aún (por supuesto con la capa puesta) cuando nos encontramos una cesta llena de frutos secos, galletas y patatas fritas, y la indicación de una fuente a 200 metros; un regalo al peregrino de Agapito. Y allí estaba Agapito, unos metros más allá, trabajando en su huerta. Nos saludó, habló un rato con nosotros y, cómo no, nos deseó buen camino. Un encanto de hombre.
La etapa de hoy ha sido muy chula. El paisaje ha cambiado totalmente y todo es mucho más verde. Hemos atravesado unas mesetillas con árboles bajitos, muy parecidas a la dehesa extremeña que he visto en fotos. Y aunque era un camino pedregoso algo incómodo para caminar y ha habido algunos repechos y cuestas abajo (que casi son peores que las cuestas arriba, por lo que sufren las rodillas), ha sido una etapa muy agradable. Encima, ha salido un día buenísimo, con sol, fresquito (muy fresquito) por la mañana y demasiado calor ya cuando hemos llegado a Astorga. Queríamos huir de la carretera. En un cruce hemos visto que se podía ir por la carretera o campo a través. Y aunque el camino era más largo, no nos lo hemos pensado. Bueno, realmente no habíamos visto el cartel, pero nos lo ha dicho un canadiense muy majo que estaba parado en el cruce preguntando a todos los peregrinos si habíamos perdido un bastón azul que había encontrado.
Hemos comido con unos chicos de Valencia, Santi, Pepe, Toni, Chimo y Carlos; bueno, de Valencia los primeros, de A Coruña el último. Muy simpáticos, cada año hace una semana del camino. Los cuatro valencianos se conocían de antes, al gallego le conocieron aquí. Les vimos ya ayer en el bar en el que paramos a desayunar pero anocheron durmieron en otro pueblo. Nos han inviado a capuccinos que tenían y nosotros hemos sacado unos croisants de chocolate. Nos hemos reído un montón.
El albergue en el que estamos es una maravilla, siervas de María. Por el mismo precio (cuatro euros) puedes elegir habitaciones de 2, 4 ó 6 camas. Es muy grande y está todo nuevo muy limpio; con cocina, un comedoir, otra terraza donde hemos comido con vistas al campo y un jardincito muy agradable en la parte de atrás. Ahí he estado un ratillo tumbada al sol leyendo, la mar de a gusto, mientras el resto echaba la siesta. Qué diferencia con el de ayer, hasta el tiempo acompaña hoy. Y el hospitalero también es muy majo.
Mauro ha llegado un poco más tarde que nosotros, con malas noticias. Santiago ha tenido que irse al hospital con un cólico renal. Se ha levantado con dolores, ha intentado seguir andando pero al de 7 kilómetros han tenido que llamar a una ambulancia y llevarle al hospital de León. Qué triste. Ánimo, Santiago!
lunes, 16 de junio de 2008
Albergue Ana, ¡nunca mais!
Lunes, 16 de junio. León-San Martín del Camino, 25,2 kms
Por favor, a todos los peregrinos, peregrinables, asociaciones de amigos del camino, guías de viaje... ¡Eliminad el albergue Ana de vuestros listados! O, mejor aún, advertid a la gente de que nunca, nunca venga aquí.
Para empezar, los tres euros que aparecían como precio del dormitorio en los carteles que habíamos visto se han convertido en cuatro al llegar. "Es que el cartel es de hace tiempo ya...", nos dice la señora. Ya, inaugurándolo el verano pasado. Pero es lo de menos, un euro arriba o abajo, y cuatro tampoco es un precio excesivo. Pero el caso es que hemos tenido que pagar para usar la cocina, echando monedas en una especie de contador para encender los fuegos, con la excusa de que alguien una vez le quemó la cocina. Aquí es cuando Santiago, el hombre catalán, ha dicho basta, ha pedido el dinero y se ha ido al municipal. Las duchas, dos para catorce camas, no las puedes utilizar a la vez: si abres una la otra se queda sin agua caliente. Y como Tammy y yo nos hemos duchado las últimas (habíamos ido a hacer la compra) pues nos ha tocado agua fría. Estoy coooooooooooooooooongelada. En la entrada tiene un cartel que pone "Municipal licencia"; vale, tiene licencia municipal para el albergue (sólo faltaba que fuera ilegal) pero es que te intenta engañar para que creas que es el municipal.
Y lo peor de todo, para rematar: la señora estaba dejando morir a tres gatitos en la chimenea. Tal cual. Estábamos comiendo (al final siete personas, Tammy, Pedro y yo, el chico francés, uno alemán y dos japoneses, que han venido sólo para hacer el Camino, wow, ha sido muy divertido preparar la comida entre todos y comer juntos, nos hemos echado unas risas) y hemos empezado a oir maullidos. Venían de la chimenea, pero al principio hemos pensado que sería algún gato que andaba por el tejado o así. Pero cuando hemos ido a mirar, ahí que había tres crías, de apenas dos días, en la chimenea. Le hemos ido a avisar a la señora y nos ha dicho que la gata no los quería, y que a ver qué iba a hacer ella. Jacquie, el chico francés (espero que se escriba así su nombre) ha empezado a decir que para eso era mejor matarles. Así que al final Pedro y él han terminado matando a dos de los gatitos. El tercero estaba muerto. Qué triste. Me he enfadado muchísimo y sólo tengo ganas de que lleguen las 6.30 de mañana y salir de aquí.
Qué bien se anda cuando se anda bien. A diferencia de los últimos días, que prácticamente me arrastraba bajo la mochila (menos mal que mis zapatillas creo que ya han aprendido a andar solas y me llevan), hoy he podido andar muy cómoda y a un ritmo bastante aceptable. He estado releyendo algunos de los posts y doy una imagen pésima, pero nada más lejos de la realidad. La tendinitis, las ampollas, molestan, es verdad, pero al final te acostumbras a ese dolor (no quisiera que esto sonara masoquista), se te olvida y sigues. De verdad, no es un camino doliente. Al menos por ahora. Y hoy estaba especialmente contenta, porque apenas sentía molestias. Aunque claro, pasa lo de siempre aquí: en cuanto se te olvida un dolor, aparece otro. Hoy han sido las rodillas. En fin, el cuento de nunca acabar.
Y cómo sopla ya el Bierzo. Hoy ya lo hemos notado por el camino, menos mal que de lado porque es bastante común que te toque de frente. Es curioso; como vas caminando hacia el oeste, por la mañana siempre tienes el sol de espaldas y luego, dependiendo de hacia dónde gira el camino, a la derecha o a la izquierda. Más frecuentemente a la derecha. Por la tarde, después de la siesta (sí, hoy ha tocado siesta, es la segunda que me echo en toda la semana) hemos salido un ratito al jardincito que hay con mesitas y aunque el sol pegaba fuerte, el viento era helador. A la sombra te quedabas congelada.
Etapa de nueva etapa, creo. Hay bastante gente de nuestro grupo de habituales que se han quedado en León; algunos un día más para descansar o ver la ciudad, otros porque terminaban ahí su camino por este año... Y se han unido caras nuevas que lo iniciaban ahí o a las que nos hemos unido en esa ciudad, otro punto neurálgico del camino. Por ahora, de los que seguimos estamos Santiago, Mauro (italiano, creo que no había hablado de él hasta ahora), la mujer holandesa, las sonrientes austriacas, la simpática francesita, la japonesa y el alemán (concentradísimo esta noche viendo el partido)... Al menos son los que he visto hoy por el camino. Y atrás han quedado Greta, Susana, el trío nórdico, los simpáticos finlandeses (que terminaban en León)... Buen camino a todos, chicos!!!
Por favor, a todos los peregrinos, peregrinables, asociaciones de amigos del camino, guías de viaje... ¡Eliminad el albergue Ana de vuestros listados! O, mejor aún, advertid a la gente de que nunca, nunca venga aquí.
Para empezar, los tres euros que aparecían como precio del dormitorio en los carteles que habíamos visto se han convertido en cuatro al llegar. "Es que el cartel es de hace tiempo ya...", nos dice la señora. Ya, inaugurándolo el verano pasado. Pero es lo de menos, un euro arriba o abajo, y cuatro tampoco es un precio excesivo. Pero el caso es que hemos tenido que pagar para usar la cocina, echando monedas en una especie de contador para encender los fuegos, con la excusa de que alguien una vez le quemó la cocina. Aquí es cuando Santiago, el hombre catalán, ha dicho basta, ha pedido el dinero y se ha ido al municipal. Las duchas, dos para catorce camas, no las puedes utilizar a la vez: si abres una la otra se queda sin agua caliente. Y como Tammy y yo nos hemos duchado las últimas (habíamos ido a hacer la compra) pues nos ha tocado agua fría. Estoy coooooooooooooooooongelada. En la entrada tiene un cartel que pone "Municipal licencia"; vale, tiene licencia municipal para el albergue (sólo faltaba que fuera ilegal) pero es que te intenta engañar para que creas que es el municipal.
Y lo peor de todo, para rematar: la señora estaba dejando morir a tres gatitos en la chimenea. Tal cual. Estábamos comiendo (al final siete personas, Tammy, Pedro y yo, el chico francés, uno alemán y dos japoneses, que han venido sólo para hacer el Camino, wow, ha sido muy divertido preparar la comida entre todos y comer juntos, nos hemos echado unas risas) y hemos empezado a oir maullidos. Venían de la chimenea, pero al principio hemos pensado que sería algún gato que andaba por el tejado o así. Pero cuando hemos ido a mirar, ahí que había tres crías, de apenas dos días, en la chimenea. Le hemos ido a avisar a la señora y nos ha dicho que la gata no los quería, y que a ver qué iba a hacer ella. Jacquie, el chico francés (espero que se escriba así su nombre) ha empezado a decir que para eso era mejor matarles. Así que al final Pedro y él han terminado matando a dos de los gatitos. El tercero estaba muerto. Qué triste. Me he enfadado muchísimo y sólo tengo ganas de que lleguen las 6.30 de mañana y salir de aquí.
Qué bien se anda cuando se anda bien. A diferencia de los últimos días, que prácticamente me arrastraba bajo la mochila (menos mal que mis zapatillas creo que ya han aprendido a andar solas y me llevan), hoy he podido andar muy cómoda y a un ritmo bastante aceptable. He estado releyendo algunos de los posts y doy una imagen pésima, pero nada más lejos de la realidad. La tendinitis, las ampollas, molestan, es verdad, pero al final te acostumbras a ese dolor (no quisiera que esto sonara masoquista), se te olvida y sigues. De verdad, no es un camino doliente. Al menos por ahora. Y hoy estaba especialmente contenta, porque apenas sentía molestias. Aunque claro, pasa lo de siempre aquí: en cuanto se te olvida un dolor, aparece otro. Hoy han sido las rodillas. En fin, el cuento de nunca acabar.
Y cómo sopla ya el Bierzo. Hoy ya lo hemos notado por el camino, menos mal que de lado porque es bastante común que te toque de frente. Es curioso; como vas caminando hacia el oeste, por la mañana siempre tienes el sol de espaldas y luego, dependiendo de hacia dónde gira el camino, a la derecha o a la izquierda. Más frecuentemente a la derecha. Por la tarde, después de la siesta (sí, hoy ha tocado siesta, es la segunda que me echo en toda la semana) hemos salido un ratito al jardincito que hay con mesitas y aunque el sol pegaba fuerte, el viento era helador. A la sombra te quedabas congelada.
Etapa de nueva etapa, creo. Hay bastante gente de nuestro grupo de habituales que se han quedado en León; algunos un día más para descansar o ver la ciudad, otros porque terminaban ahí su camino por este año... Y se han unido caras nuevas que lo iniciaban ahí o a las que nos hemos unido en esa ciudad, otro punto neurálgico del camino. Por ahora, de los que seguimos estamos Santiago, Mauro (italiano, creo que no había hablado de él hasta ahora), la mujer holandesa, las sonrientes austriacas, la simpática francesita, la japonesa y el alemán (concentradísimo esta noche viendo el partido)... Al menos son los que he visto hoy por el camino. Y atrás han quedado Greta, Susana, el trío nórdico, los simpáticos finlandeses (que terminaban en León)... Buen camino a todos, chicos!!!
Por el Barrio Húmedo
Domingo, 15 junio. Mansilla de las Mulas-León, 17,7 kms
¿Lo mejor del día de hoy? Las cervezas con tapitas includas que nos hemos tomado por el Barrio Húmedo: patatas ali-oli, picadillo, chorizo, oreja, cojonudos (huevos de codorniz para iletrados como yo)... Ah, y la ración de morcilla que hemos pedido. Impresionante. No es de arroz, la desmigan y la sirven como en puré, buenísima. Antes habíamos visitado la ciudad: la catedral (qué maravilla de edificio, preciosísimas las vidrieras, nos hemos quedado con la boca abierta nada más entrar), las murallas, otra basílica que estaba cerrada por obras y no hemos podido visitar... Después de sólo una semana de andar prácticamente solos en medio de la nada, el cruzarte con gente por la calle, esquivarla, los coches... ha sido pelín abrumador. Y eso que era sólo León. Me ha gustado mucho la ciudad, prometo volver a pasar un fin de semana. Hasta he elegido ya con quién...
El albergue también es bastante chulo. Está en un convento de monjas benedictas, Carvajalas. Con salas muy grandes llenas de literas, los baños muy limpios y nuevos, y una especie de patio interior donde hemos estado sentadas un rato al sol después de llegar Greta y yo. Ha sido el momento enfermería del día. Que consiste en: ponerme hielo en el empeine, luego un masaje de Voltarén (Greta también se ha puesto hoy un poco detrás de la rodilla; les dueles en el mismo sitio a las tres, Susana, Tammy y ella, yo de ese me he librado), quitar las gasas de las ampollas, limpiar con Betadine y sacarles el agüilla, y volver a poner las gasas. Siento el grafismo. Es el ritual diario después de la ducha, hacer la colada y tender la ropa.
De la etapa de hoy no he querido acordarme hasta ahora. Deliberadamente. Menudo infierno... Nada más salir del albergue nos ha caído una tromba de agua que me ha empapado las zapatillas. Por arriba bien, con la tapa no me he mojado, pero por abajo... Cuando he llegado a León los calcetines estaban para escurrir. La tendinitis me ha molestado de verdad, las ampollas bailaban en el pocito de agua que había dentro de las zapatillas, llevaba una especie de tirón en la ingle izquierda, me costaba un horror subir o bajar cualquier cuestita o acera... Menos mal que los últimos kilómetros, después del cafecito a media mañana, he caminado con Tammy y se ha hecho más ameno.
Pero que nadie vaya a pensar que soy la única. Muchos estamos tocados. Para que os hagáis una idea, una chica ayer en el albergue tenía seis ampollas en el mismo pie y el finlandés del trío nórdico, que llevaba ya unos días con la rodilla jodida, me ha dicho que iba a ir al médico para inyectarse corticoides y bajar la inflamación. Y por la tarde la mitad de nosotros parecemos robocops paseando por la ciudad... Es para vernos.
Y la entrada a León es un horror. No ya sólo porque hay que atravesar un polígono industrial feísimo (¿¡hay alguno bonito?!) sino porque además tienes que cruzar a pelo la autovía (dos carriles por sentido, glups) y luego andar como 500 metros por la cuneta. Gráficamente: dos carriles de coches pasando a toda pastilla, mini-arcén (pero mini, mini), quitamiedos y nosotras, en la cuneta de esas en forma de V. Cada vez que pasaba un coche pensa "este es el que se sale de la carretera y nos lleva por delante"... Y desde que empiezas a entrar en León, que dices "ya estoy, por fin", hasta que llegas al albergue se te hace eterno. Menos mal que sólo han sido 18 kilómetros...
Pero bueno, las cervecitas y la charleta de la tarde han compensado todo con creces. Ha sido un poco triste, porque era una mini-despedida por el momento. Greta y Susana se quedan un día más en León para conocer la ciudad y descansar. De todas formas, creemos que llegaremos más o menos el mismo día a Santiago, así que nos veremos allí de nuevo y podremos celebrar que hemos llegado.
¿Lo mejor del día de hoy? Las cervezas con tapitas includas que nos hemos tomado por el Barrio Húmedo: patatas ali-oli, picadillo, chorizo, oreja, cojonudos (huevos de codorniz para iletrados como yo)... Ah, y la ración de morcilla que hemos pedido. Impresionante. No es de arroz, la desmigan y la sirven como en puré, buenísima. Antes habíamos visitado la ciudad: la catedral (qué maravilla de edificio, preciosísimas las vidrieras, nos hemos quedado con la boca abierta nada más entrar), las murallas, otra basílica que estaba cerrada por obras y no hemos podido visitar... Después de sólo una semana de andar prácticamente solos en medio de la nada, el cruzarte con gente por la calle, esquivarla, los coches... ha sido pelín abrumador. Y eso que era sólo León. Me ha gustado mucho la ciudad, prometo volver a pasar un fin de semana. Hasta he elegido ya con quién...
El albergue también es bastante chulo. Está en un convento de monjas benedictas, Carvajalas. Con salas muy grandes llenas de literas, los baños muy limpios y nuevos, y una especie de patio interior donde hemos estado sentadas un rato al sol después de llegar Greta y yo. Ha sido el momento enfermería del día. Que consiste en: ponerme hielo en el empeine, luego un masaje de Voltarén (Greta también se ha puesto hoy un poco detrás de la rodilla; les dueles en el mismo sitio a las tres, Susana, Tammy y ella, yo de ese me he librado), quitar las gasas de las ampollas, limpiar con Betadine y sacarles el agüilla, y volver a poner las gasas. Siento el grafismo. Es el ritual diario después de la ducha, hacer la colada y tender la ropa.
De la etapa de hoy no he querido acordarme hasta ahora. Deliberadamente. Menudo infierno... Nada más salir del albergue nos ha caído una tromba de agua que me ha empapado las zapatillas. Por arriba bien, con la tapa no me he mojado, pero por abajo... Cuando he llegado a León los calcetines estaban para escurrir. La tendinitis me ha molestado de verdad, las ampollas bailaban en el pocito de agua que había dentro de las zapatillas, llevaba una especie de tirón en la ingle izquierda, me costaba un horror subir o bajar cualquier cuestita o acera... Menos mal que los últimos kilómetros, después del cafecito a media mañana, he caminado con Tammy y se ha hecho más ameno.
Pero que nadie vaya a pensar que soy la única. Muchos estamos tocados. Para que os hagáis una idea, una chica ayer en el albergue tenía seis ampollas en el mismo pie y el finlandés del trío nórdico, que llevaba ya unos días con la rodilla jodida, me ha dicho que iba a ir al médico para inyectarse corticoides y bajar la inflamación. Y por la tarde la mitad de nosotros parecemos robocops paseando por la ciudad... Es para vernos.
Y la entrada a León es un horror. No ya sólo porque hay que atravesar un polígono industrial feísimo (¿¡hay alguno bonito?!) sino porque además tienes que cruzar a pelo la autovía (dos carriles por sentido, glups) y luego andar como 500 metros por la cuneta. Gráficamente: dos carriles de coches pasando a toda pastilla, mini-arcén (pero mini, mini), quitamiedos y nosotras, en la cuneta de esas en forma de V. Cada vez que pasaba un coche pensa "este es el que se sale de la carretera y nos lleva por delante"... Y desde que empiezas a entrar en León, que dices "ya estoy, por fin", hasta que llegas al albergue se te hace eterno. Menos mal que sólo han sido 18 kilómetros...
Pero bueno, las cervecitas y la charleta de la tarde han compensado todo con creces. Ha sido un poco triste, porque era una mini-despedida por el momento. Greta y Susana se quedan un día más en León para conocer la ciudad y descansar. De todas formas, creemos que llegaremos más o menos el mismo día a Santiago, así que nos veremos allí de nuevo y podremos celebrar que hemos llegado.
Tipi-tapa
Sábado, 14 junio. Bercianos del Real Camino- Mansilla de las Mulas, 25,3 kms
¡Menuda etapita la de hoy! He debido de venir a dos kilómetros por hora; hasta la viejecita italiana de los bastones me ha adelantado. Incluso me ha parecido ver a dos lombrices haciéndome una pasada por la derecha raudas y veloces...
La tendinitis no me ha molestado mucho gracias a San Reflex de todos los Santos (voy a hacerle una foto al tubo y lo voy a llevar de escapulario) pero en compensación tengo dos ampollas: la del dedo meñique y otra debajo del dedo gordo que amenazaba con ser del tamaño de una ciruela. El lote completo, vamos, para cortarme el pie a la altura de la pantorrilla.
Hasta El Burgo Ranero ni tan mal; a la cola del pelotón, por supuesto, poco a poco pero seguidito. He entrado a tomar un café (no había nada más en los siguientes 12 kilómetros) y me he encontrado Amaia, una de las chicas de Orio. Toda apenada, iba a coger el autobús a León porque de la tendinitis ya no podía ni andar. Sus dos amigas sí que habían seguido andando, así que mañana igual nos vemos allí. También estaban Enrique y Mª Luisa, y el señor suizo (que hacía un montón que no veíamos; bueno, no tanto, pero aquí pasan dos días y parece que han sido semanas).
Cafecito y otra vez a la carretera. Tipi-tapa, a mi ritmo. He andado jugando a los relevos con Enrique y Mª Luisa: ellos me adelantaban, paraban a descansar y les adelantaba yo; me volvían a pasar, paraban a comer algo, volvía a pasarles; así unas cuantas veces.
Esos 12 kilómetros se me han hecho eternos. A cada curva, a cada repecho, pensaba "por favor, que Reliegos esté ahí, por favor, que Reliegos esté ahí". Y Reliegos seguía sin aparecer. Encima he estado a punto de morir atropellada por un grupo de ciclistas suicidas. Iba yo por mi caminito (al lado de la carretera) pasito a pasito, y de repente han tocado el timbre unas bicis. Me giro y veo a dos viniendo por la carretera. Perfecto, saludito, buen camino. Pero cuando he girado la cabeza de nuevo, me han pasado casi rozando otros cinco bicicleteros que sí venían por la pista, sin avisar ni nada, a toda velocidad. Que también podían haber frenado un poco, a punto he estado de tirarme de cabeza a la cuneta. Y todavía les he tenido que oir "pero si iba haciendo eses la tía". Se dice tambalearse, gilipollas!!!!! Y esquivar las piedras para que no se te claven en las ampollas. Ahí se les pinchen las ruedas.
Un lagarto ha cruzado el camino delante mío. Vale, igual era una lagartija tamaño XXL, pero con el bote que he pegado cuando ha salido he debido pensar que era el hombre de las nieves, por lo menos. Un sinvivir de kilómetros, vaya.
Y Reliegos que seguía sin aparecer. Hasta que al final de una cuneta, plaf!! Ahí estaba. Otro pueblo sorpresa.
Apunte técnico. Vamos a ir clasificando los pueblos:
- Pueblo sorpresa. Como ya he dicho, son pueblos a los que no ves ni la torre del campanario, parecen que no están, que piensas "tengo que estar ya", pero das una curva o llegas al final de una recta y, ¡sorpresa!
- Pueblos fantasma. Aquellos que cuadriplican la población cuando se llenan las 40 plazas del albergue. Léase Calzadilla de las Cuevas (80 habitantes) o Terradillos de los Templarios (que contando los dos perros que hemos visto por la calle igual llegan a los 65).
- Pueblos pelmazo. Pueblos a los que cuesta horrores entrar, porque tienen kilómetros de polígonos industriales, que parece que ya estás pero no. Y encima son horribles para andar. Dícese de Burgos y, según comentan, León (a confirmar mañana).
- Pueblos trampa. Los que ves ahí, cerquita, pero no acabas nunca de llegar a ellos.
En Reliegos me he encontrado con dos chicos de Oñati, Aritz y Ander, y también con Enrique y Mª Luisa, que han llegado un poquito más tarde que yo. Con un poco de queso que han comprado y pan que tenía Aritz nos hemos hechos un hamaiketako que no te menees. Eso, dos plátanos que tenía yo y muchísima agua (menudo reseco que llevaba) me he puesto otra vez en marcha, para ir cogiendo ventaja.
Mansilla se veía a lo lejos al de nada de salir. He ido la mayoría del tiempo sola. Y me ha dado por pensar en toda la gente que conozco que ha hecho el camino antes que yo: Edu, Paco Rubén, el hermano de Javi, Clara y Juan, Vanesa y Leire (bueno, vosotras todavía no, pero todo llegará)... Pensar que estaba pisando el mismo camino que pisaron ellos y quizá hasta hallamos dormido en la misma cama. Pensar en qué podían sentir en ese momento, de qué podían estar hablando, en qué pensaban... Ha sido una emoción extraña.
Cuando faltaba ya poco para llegar me ha alcanzado un hombre gallego. Ha tenido comentarios para todos los gustos: para echarme a llorar (una vez tuvo que abandonar por una ampolla, un perro le atacó en Galicia otro año y desde entonces sólo coge un bastón cuando se adentra en tierras gallegas) y para echarme a reir de alegría (que la etapa de O'Cebreiro no es para tanto, a él se le hacían más duras las largas y bochornosas rectas de Castilla). En este momento tengo dos miedos: la subida a O Cebreiro (terrible, según dicen, nueve kilómetros cuesta arriba; para hacerse una idea, de Trapaga a la Arboleda debe haber como 3-4, glups) y los perros agresivos de Galicia. Creo que sería incapaz de atizar a uno, aunque venga como un loco hacia mí babeando de la rabia... Pero tenía que ir al "baño" y él ha seguido.
A punto de morir atropellada. Again. Por segunda vez en el día. Esta vez, por un rebaño de ovejas. Un cruce, yo, y un rebaño de ovejas, dos perros y el pastor que vienen de frente. ¿Por dónde irán, a la derecha o a la izquierda? Los perros que se meten a la derecha. Vale, pues Aitzi para la izquierda. Y de repente el pastor, a voz en grito "¡¡¡¡Cuidado, hombre, que te atropello!!!!!" El rebaño que gira hacia la izquierda y yo corriendo, bastón, mochila y todo, vuelta atrás hacia el cruce. Y ahí pasan, pastor, perros y ovejas, el pastor riéndose para toda una semana...
Por fin en el albergue. Muy chulo, con un patio interior con mesitas al solete. Y el hospitalero es un cielo. Le he ido a pedir un poco de hielo para la pierna y me ha dicho que me sentara. Me ha preguntado dónde me dolía y me ha pinzado en el hombro durante unos cinco minutos. Me he relajado muchísimo, como cuando sientes hormigueo por todo el cuerpo, y casi me quedo dormida. ¡Y se me ha quitado el dolor! Increíble, en serio. He estado a punto de raptarle para llevármelo en la mochila de masajista personal... Y la chica me ha tenido que pinchar también la otra ampolla. Un encanto de sitio, vamos, de los que los hospitaleros dan sentido. Mil gracias desde aquí.
Por la tarde hemos salido a dar una vuelta por el pueblo; vueltita, que era pequeño y lo hemos recorrido enseguida. Y hemos cenado en el patio del albergue (Pedro, Enrique, un chico que venía haciendo el camino desde Madrid, Susana y yo), muy divertido, hemos terminado contando chistes y todo. Nos han dado casi las once sin darnos cuenta.
¡Menuda etapita la de hoy! He debido de venir a dos kilómetros por hora; hasta la viejecita italiana de los bastones me ha adelantado. Incluso me ha parecido ver a dos lombrices haciéndome una pasada por la derecha raudas y veloces...
La tendinitis no me ha molestado mucho gracias a San Reflex de todos los Santos (voy a hacerle una foto al tubo y lo voy a llevar de escapulario) pero en compensación tengo dos ampollas: la del dedo meñique y otra debajo del dedo gordo que amenazaba con ser del tamaño de una ciruela. El lote completo, vamos, para cortarme el pie a la altura de la pantorrilla.
Hasta El Burgo Ranero ni tan mal; a la cola del pelotón, por supuesto, poco a poco pero seguidito. He entrado a tomar un café (no había nada más en los siguientes 12 kilómetros) y me he encontrado Amaia, una de las chicas de Orio. Toda apenada, iba a coger el autobús a León porque de la tendinitis ya no podía ni andar. Sus dos amigas sí que habían seguido andando, así que mañana igual nos vemos allí. También estaban Enrique y Mª Luisa, y el señor suizo (que hacía un montón que no veíamos; bueno, no tanto, pero aquí pasan dos días y parece que han sido semanas).
Cafecito y otra vez a la carretera. Tipi-tapa, a mi ritmo. He andado jugando a los relevos con Enrique y Mª Luisa: ellos me adelantaban, paraban a descansar y les adelantaba yo; me volvían a pasar, paraban a comer algo, volvía a pasarles; así unas cuantas veces.
Esos 12 kilómetros se me han hecho eternos. A cada curva, a cada repecho, pensaba "por favor, que Reliegos esté ahí, por favor, que Reliegos esté ahí". Y Reliegos seguía sin aparecer. Encima he estado a punto de morir atropellada por un grupo de ciclistas suicidas. Iba yo por mi caminito (al lado de la carretera) pasito a pasito, y de repente han tocado el timbre unas bicis. Me giro y veo a dos viniendo por la carretera. Perfecto, saludito, buen camino. Pero cuando he girado la cabeza de nuevo, me han pasado casi rozando otros cinco bicicleteros que sí venían por la pista, sin avisar ni nada, a toda velocidad. Que también podían haber frenado un poco, a punto he estado de tirarme de cabeza a la cuneta. Y todavía les he tenido que oir "pero si iba haciendo eses la tía". Se dice tambalearse, gilipollas!!!!! Y esquivar las piedras para que no se te claven en las ampollas. Ahí se les pinchen las ruedas.
Un lagarto ha cruzado el camino delante mío. Vale, igual era una lagartija tamaño XXL, pero con el bote que he pegado cuando ha salido he debido pensar que era el hombre de las nieves, por lo menos. Un sinvivir de kilómetros, vaya.
Y Reliegos que seguía sin aparecer. Hasta que al final de una cuneta, plaf!! Ahí estaba. Otro pueblo sorpresa.
Apunte técnico. Vamos a ir clasificando los pueblos:
- Pueblo sorpresa. Como ya he dicho, son pueblos a los que no ves ni la torre del campanario, parecen que no están, que piensas "tengo que estar ya", pero das una curva o llegas al final de una recta y, ¡sorpresa!
- Pueblos fantasma. Aquellos que cuadriplican la población cuando se llenan las 40 plazas del albergue. Léase Calzadilla de las Cuevas (80 habitantes) o Terradillos de los Templarios (que contando los dos perros que hemos visto por la calle igual llegan a los 65).
- Pueblos pelmazo. Pueblos a los que cuesta horrores entrar, porque tienen kilómetros de polígonos industriales, que parece que ya estás pero no. Y encima son horribles para andar. Dícese de Burgos y, según comentan, León (a confirmar mañana).
- Pueblos trampa. Los que ves ahí, cerquita, pero no acabas nunca de llegar a ellos.
En Reliegos me he encontrado con dos chicos de Oñati, Aritz y Ander, y también con Enrique y Mª Luisa, que han llegado un poquito más tarde que yo. Con un poco de queso que han comprado y pan que tenía Aritz nos hemos hechos un hamaiketako que no te menees. Eso, dos plátanos que tenía yo y muchísima agua (menudo reseco que llevaba) me he puesto otra vez en marcha, para ir cogiendo ventaja.
Mansilla se veía a lo lejos al de nada de salir. He ido la mayoría del tiempo sola. Y me ha dado por pensar en toda la gente que conozco que ha hecho el camino antes que yo: Edu, Paco Rubén, el hermano de Javi, Clara y Juan, Vanesa y Leire (bueno, vosotras todavía no, pero todo llegará)... Pensar que estaba pisando el mismo camino que pisaron ellos y quizá hasta hallamos dormido en la misma cama. Pensar en qué podían sentir en ese momento, de qué podían estar hablando, en qué pensaban... Ha sido una emoción extraña.
Cuando faltaba ya poco para llegar me ha alcanzado un hombre gallego. Ha tenido comentarios para todos los gustos: para echarme a llorar (una vez tuvo que abandonar por una ampolla, un perro le atacó en Galicia otro año y desde entonces sólo coge un bastón cuando se adentra en tierras gallegas) y para echarme a reir de alegría (que la etapa de O'Cebreiro no es para tanto, a él se le hacían más duras las largas y bochornosas rectas de Castilla). En este momento tengo dos miedos: la subida a O Cebreiro (terrible, según dicen, nueve kilómetros cuesta arriba; para hacerse una idea, de Trapaga a la Arboleda debe haber como 3-4, glups) y los perros agresivos de Galicia. Creo que sería incapaz de atizar a uno, aunque venga como un loco hacia mí babeando de la rabia... Pero tenía que ir al "baño" y él ha seguido.
A punto de morir atropellada. Again. Por segunda vez en el día. Esta vez, por un rebaño de ovejas. Un cruce, yo, y un rebaño de ovejas, dos perros y el pastor que vienen de frente. ¿Por dónde irán, a la derecha o a la izquierda? Los perros que se meten a la derecha. Vale, pues Aitzi para la izquierda. Y de repente el pastor, a voz en grito "¡¡¡¡Cuidado, hombre, que te atropello!!!!!" El rebaño que gira hacia la izquierda y yo corriendo, bastón, mochila y todo, vuelta atrás hacia el cruce. Y ahí pasan, pastor, perros y ovejas, el pastor riéndose para toda una semana...
Por fin en el albergue. Muy chulo, con un patio interior con mesitas al solete. Y el hospitalero es un cielo. Le he ido a pedir un poco de hielo para la pierna y me ha dicho que me sentara. Me ha preguntado dónde me dolía y me ha pinzado en el hombro durante unos cinco minutos. Me he relajado muchísimo, como cuando sientes hormigueo por todo el cuerpo, y casi me quedo dormida. ¡Y se me ha quitado el dolor! Increíble, en serio. He estado a punto de raptarle para llevármelo en la mochila de masajista personal... Y la chica me ha tenido que pinchar también la otra ampolla. Un encanto de sitio, vamos, de los que los hospitaleros dan sentido. Mil gracias desde aquí.
Por la tarde hemos salido a dar una vuelta por el pueblo; vueltita, que era pequeño y lo hemos recorrido enseguida. Y hemos cenado en el patio del albergue (Pedro, Enrique, un chico que venía haciendo el camino desde Madrid, Susana y yo), muy divertido, hemos terminado contando chistes y todo. Nos han dado casi las once sin darnos cuenta.
sábado, 14 de junio de 2008
¡Esto es camino!
Viernes, 13 junio. Terradillos de los Templarios-Bercianos del Real Camino, 23 kms
Un albergue absolutamente increíble. Gracias Amor, gracias Diego (los hospitaleros) por la acogida, la cena, vuestra hospitalidad, el hielo... ¡y el bol de palomitas en la entrada! En esta casa parroquial se comparte la cena; la hemos preparado entre todo, hemos puesto la mesa y después de presentarnos (nombre y procedencia), hemos cenado todos juntos. Ensalada, garbanzos con patatas, melón y café (y un surtido Cuétara para acompañar), que me han sabido a gloria entre tanta gente de un montón de sitios: Finlandia, Suecia, Dinamarca, Francia, Alemania, Austria, Eslovenia, Italia, EE.UU., Brasil, Japón... Uno de los del trío nórdico se ha levantado y, en nombre de todos, ha dado gracias a los hospitaleros, ha dicho que había visto referencias del albergue en su guía pero que lo que había encontrado había superado con creces lo que había leído; les ha agradecido el juntarnos a todos para compartir la cena. Y me he puesto a llorar como una tonta... Luego todos a recoger y a fregar y a ver la puesta de sol. Mañana tendremos el desayuno en el comedor. De lejos, el mejor albergue del camino. Esto sí que es su espíritu.
Otro momento mastercard de los simpáticos finlandeses: han entrado todos en fila india al comedor, con un monitor por delante y otro al final, y se han encargado de recoger y limpiar las mesas (¿¿??).
El edificio en sí ya es una pasada. Un caserón del siglo XIV, con paredes de adobe y vigas de madera, con rejas en las ventanas. Tumbada en la cama ves cómo entran los pájaros por el balcón y se meten entre las vigas del techo. Era de unos condes, o duques, o príncipes, y lo construyeron cuando ni siquiera había pueblo.
Y el caso es que nos hemos parado aquí por obligación. Queríamos llegar hasta El Burgo Ranero (30 kilómetros) y de ahí tirar ya hasta León (35). Pero mi pierna ha dicho basta. En buena hora!!Se ha mascado la tragedia. Lejos de desaparecer, la pierna me dolía tanto esta mañana que casi no podía andar; he pensado que me tenía que volver. Pero gracias al Reflex de Pedro, al de dos kilómetros ya podía caminar casi con normalidad y sin apenas dolor. Pero cuando estábamos llegando a Bercianos (5 kilómetros antes de El Burgo) ya casi no podía andar. He llegado cojeando al pueblo. Así que parada técnica obligatoria.
Me he pasado la tarde poniéndome hielo cada hora y masajitos de Voltarén. Espero que mañana esté mejor.
Y el señor de Castellón me ha tenido que pinchar la ampolla del dedo. Cuando la ha visto ha puesto el grito en el cielo; que a dónde iba así, que si sigue rozando se me quita la piel y la armo, bla bla bla... Total, que imperdible en mano (yo no me he atrevido), la ha pinchado, sacado todo el agua, curado con Betadine y me ha puesto una tirita la mar de de chula. Ahora sólo tengo que seguir curándomela. Secuelas...
Escribo en la cama, alumbrándome con una linterna. Todo el mundo duerme ya, han apagado la luz. Yo voy a ello, que ya es tarde. Contaría mil cosas más, pero se me cierran los ojos de sueño. Me siento feliz, muy feliz, satisfecha, emocionada.
Un albergue absolutamente increíble. Gracias Amor, gracias Diego (los hospitaleros) por la acogida, la cena, vuestra hospitalidad, el hielo... ¡y el bol de palomitas en la entrada! En esta casa parroquial se comparte la cena; la hemos preparado entre todo, hemos puesto la mesa y después de presentarnos (nombre y procedencia), hemos cenado todos juntos. Ensalada, garbanzos con patatas, melón y café (y un surtido Cuétara para acompañar), que me han sabido a gloria entre tanta gente de un montón de sitios: Finlandia, Suecia, Dinamarca, Francia, Alemania, Austria, Eslovenia, Italia, EE.UU., Brasil, Japón... Uno de los del trío nórdico se ha levantado y, en nombre de todos, ha dado gracias a los hospitaleros, ha dicho que había visto referencias del albergue en su guía pero que lo que había encontrado había superado con creces lo que había leído; les ha agradecido el juntarnos a todos para compartir la cena. Y me he puesto a llorar como una tonta... Luego todos a recoger y a fregar y a ver la puesta de sol. Mañana tendremos el desayuno en el comedor. De lejos, el mejor albergue del camino. Esto sí que es su espíritu.
Otro momento mastercard de los simpáticos finlandeses: han entrado todos en fila india al comedor, con un monitor por delante y otro al final, y se han encargado de recoger y limpiar las mesas (¿¿??).
El edificio en sí ya es una pasada. Un caserón del siglo XIV, con paredes de adobe y vigas de madera, con rejas en las ventanas. Tumbada en la cama ves cómo entran los pájaros por el balcón y se meten entre las vigas del techo. Era de unos condes, o duques, o príncipes, y lo construyeron cuando ni siquiera había pueblo.
Y el caso es que nos hemos parado aquí por obligación. Queríamos llegar hasta El Burgo Ranero (30 kilómetros) y de ahí tirar ya hasta León (35). Pero mi pierna ha dicho basta. En buena hora!!Se ha mascado la tragedia. Lejos de desaparecer, la pierna me dolía tanto esta mañana que casi no podía andar; he pensado que me tenía que volver. Pero gracias al Reflex de Pedro, al de dos kilómetros ya podía caminar casi con normalidad y sin apenas dolor. Pero cuando estábamos llegando a Bercianos (5 kilómetros antes de El Burgo) ya casi no podía andar. He llegado cojeando al pueblo. Así que parada técnica obligatoria.
Me he pasado la tarde poniéndome hielo cada hora y masajitos de Voltarén. Espero que mañana esté mejor.
Y el señor de Castellón me ha tenido que pinchar la ampolla del dedo. Cuando la ha visto ha puesto el grito en el cielo; que a dónde iba así, que si sigue rozando se me quita la piel y la armo, bla bla bla... Total, que imperdible en mano (yo no me he atrevido), la ha pinchado, sacado todo el agua, curado con Betadine y me ha puesto una tirita la mar de de chula. Ahora sólo tengo que seguir curándomela. Secuelas...
Escribo en la cama, alumbrándome con una linterna. Todo el mundo duerme ya, han apagado la luz. Yo voy a ello, que ya es tarde. Contaría mil cosas más, pero se me cierran los ojos de sueño. Me siento feliz, muy feliz, satisfecha, emocionada.
¡Mosquitos!
Jueves, 12 junio. Carrión de los Condes-Terradillos de los Templarios, 26,4 kms
¿Qué es lo peor de una recta infinita de 17 kilómetros sin ni un pueblo, una casa, una torre, un convento, un bar, un merendero, una gasolinera, nada, sólo campos y más campos, y algún que otro árbol perdido? ¡Los mosquitos!
Hordas de diminutos insectos que revolotean a tu alrededor, te zumban en el oído, te golpean la cara y se te meten por la nariz, la boca, las orejas y el pelo. La salida de Carrión ha sido para volverse loca; las nubes de mosquitos te seguían girando alrededor de la cabeza y tú dando manotazos para apartarlos. Como un caballo con el rabo. Y ahí íbamos los peregrinos, mochila al hombro, más chulos que un ocho con nuestra mochila y nuestra conchita, y dando manotazos a nuestro alrededor como si estuviéramos locos. Desquiciante, en serio. Que no te los quitabas de encima! Sí, ya sé que suena exagerado, pero ha sido infinitamente peor!!!
Y luego han venido los helicópteros. Moscones del tamaño del hueso de un melocotón y con el sonido de un reactor que se dirigen directamente a un cabeza. Bzzzzzzzzz... Así que cambiamos agitar los brazos por tener que ir esquivando esos proyectiles alados.
¿Antes he dicho que no había nada en 17 kilómetros de recta arenosa? Rectifico. Había un bar en medio de la NADA, con bocadillos, café, refrescos, dulces y hasta barbacoa. ¿Y a quién se le puede ocurrir montar un negocio en medio de la NADA? (Lo siento Lis, pero es que os ganais la fama a pulso) Un catalán (quién si no??!!) medio ofendido porque nos hemos sentado cuatro en y sólo ha pedido uno; él, que está aquí "para darnos un servicio y no le consumimos nada". Así que en venganda le ha cobrado al pobre alemán tres euros por un Kas de limón y un platano.
Volvamos al momento recta 17 kilómetros. Impresiona. Y desespera. Pero de verdad. Se hace eterno. Ves una recta larguísima, de arena y piedra, y sólo campos alrededor. Parece que no avanzas nada, que nunca vas a llegar a ningún sitio. Como esas cintas andadoras que usan en los videoclips, que pasan un paisaje por detrás y el cantante sólo da pasos en el mismo sitio. Pues así más o menos cuatro horas. Y cuando llega el pueblo... Porque además era un pueblo sorpresa. Dícese del que no asoma ni la torre del campanario y de repente, cuando llegas al final de una recta o das una curva, plof!!! Aparece. Y te da un subidón...
He andado un tramo con una señora holandesa que venía andandos desde la puerta de su casa. Ha cruzado Holanda, Bélgica se la saltó, Francia y ahora España. Once semanitas de nada. Y aún se está pensando si seguir hasta Finisterre o no. Vamos, que digo yo que ochenta kilómetros arriba o abajo a estas alturas...
La etapa de hoy ha sido bastante cansada. Y no ha sido por la distancia (apenas hemos andado 25 kilómetros); no sé si ha sido el tramo interminable del principio, el calor o qué, pero hemos llegado todo derrotados al albergue. Comentario generalizado.
Después de la duchita y la colada he comido con Susana, Greta y Herbert (Tammy se ha quedado durmiendo), bocadillo de queso (hemos pillado la cocina cerrada) y unas galletitas de chocolate que tenía perdidas por la mochila. Luego Herbert se ha ido a ver el partido (Alemania jugaba con Croacia) y las tres marías nos hemos tumbado en el jardincito del albergue (el que estaba dentro del pueblo, mucho más familiar que el de la entrada, que parecía un hotel de carretera, ahí hemos dejado al suizo y al catalán, que estaban "como reyes", nos han dicho al pasar). Esterilla a la hierba (ya sabía yo que en algún momento la iba a utilizar) y nos hemos pasado la tarde al sol. Vida y milagros de cada una, cervecita va y cervecita viene, estupendamente. Ha habido un amago de tormenta (ha sonado hasta un trueno) e incluso han caído unas gotas (muy raro, porque las nubes estaban bastante alejadas y hacía sol), pero al final hasta hemos podido cenar en el jardín. Pedro se nos ha unido con una súper flauta de jamón.
Creo que toca momento presentación. Más o menos coincidimos la misma gente. Por el día caminamos cada uno a nuestro aire; adelantas a uno, te adelanta otro, hablas un rato con uno, con otro... Pero al final solemos juntarnos el mismo grupo si no en el mismo albergue, sí al menos en el mismo pueblo. Y ellos son:
- De Tammy creo que ya he hablado. Empezamos a andar juntas unos kilómetros más allá de Burgos y ya somos como Pelé y Melé.
- Susana. Una chica inglesa que también empezó el camino en Burgos. Muy simpática y dicharachera. Habla muy bien castellano porque hizo un curso de Erasmus en Valencia y estuvo unas semanas en Sopelana haciendo surf con su hermano. Así que hemos hablado de Fallas, del Carmen, de Aste Nagusia (coincidió cuando estuvo en Sope)...
- Greta. Sueca, más calladita pero encantadora también, y habla y se ríe como la que más en cuanto coge confianza. También "burgalesa".
- Pedro. Madrileño, muy simpático. Pequeñito, con gafas. Hoy me ha dejado un tubo de Reflex. Sale pitando cada mañana prontísimo, así que para cuando llegamos derrotadas al albergue, arrastrándonos con nuestras mochilas, él ya está duchado, comido y descansado.
- Herbert, alemán. En estado de semi-depresión después de la derrota de su selección, aunque mantiene que aún pueden pasar de ronda con no sé qué extraña combinación de resulados; me la ha explicado, pero no me acuerdo. Los tobillos como botas; se ha pasado la tarde con los pies metidos en un barreño de agua fría con sal.
- Santiago, catalán. Un hombre saladísimo. Habla y habla sin parar. Repetidor, siempre tiene alguna anécdota o algo que contar de cada pueblo por el que pasamos.
- Los "simpáticos finlandeses". Son un grupo de como 15 chavales jóvenes extrañísimos. Nórdicos rubísimos, al principio no sabíamos de dónde eran, incapaces de situar el idioma. No andan, se arrastran bajo mochilas de 40 kilos, visten todos de negro y les cuesta Dios y ayuda sonreir. Bueno, ahora parece que empiezan a coger confianza y te saluda y todo. Van con dos monitores. Parece sacados de algún reformatorio o así; no disfrutan lo más mínimo del camino, es como si lo hiciesen obligados, en plan castigo o algo así.
- La viejita italiana. Tendrá como 70 años, anda a pasitos pequeños pero todos seguidos con sus dos bastones, al estilo nórdico.
Y luego están Kevin, un chico estadounidense; Jacques, francés, loquísimo; un matrimonio de Castellón, otro de Sevilla, otra pareja joven de procedencia aún indeterminada; el trío nórdico (maticemos, dos nórdicos y un cubano-estadounidense que pasa la mitad del año en Florida y la otra mitad en Granada, sesentones, muy bromistas y parlanchines)...
Empiezan a aparecer las primeras secuelas del camino: me duele mucho el empeine y ha aparecido algo similar a una ampolla en mi dedo meñique del pie derecho. Parece un principio de tendinitis, me duele bastante al andar. Espero que esto no sea del tipo "principio de embarazo", que se tiene o no se tiene. Me he pasado media tarde con hielo. Que no vaya a más, por favor, que no vaya a más.
¿Qué es lo peor de una recta infinita de 17 kilómetros sin ni un pueblo, una casa, una torre, un convento, un bar, un merendero, una gasolinera, nada, sólo campos y más campos, y algún que otro árbol perdido? ¡Los mosquitos!
Hordas de diminutos insectos que revolotean a tu alrededor, te zumban en el oído, te golpean la cara y se te meten por la nariz, la boca, las orejas y el pelo. La salida de Carrión ha sido para volverse loca; las nubes de mosquitos te seguían girando alrededor de la cabeza y tú dando manotazos para apartarlos. Como un caballo con el rabo. Y ahí íbamos los peregrinos, mochila al hombro, más chulos que un ocho con nuestra mochila y nuestra conchita, y dando manotazos a nuestro alrededor como si estuviéramos locos. Desquiciante, en serio. Que no te los quitabas de encima! Sí, ya sé que suena exagerado, pero ha sido infinitamente peor!!!
Y luego han venido los helicópteros. Moscones del tamaño del hueso de un melocotón y con el sonido de un reactor que se dirigen directamente a un cabeza. Bzzzzzzzzz... Así que cambiamos agitar los brazos por tener que ir esquivando esos proyectiles alados.
¿Antes he dicho que no había nada en 17 kilómetros de recta arenosa? Rectifico. Había un bar en medio de la NADA, con bocadillos, café, refrescos, dulces y hasta barbacoa. ¿Y a quién se le puede ocurrir montar un negocio en medio de la NADA? (Lo siento Lis, pero es que os ganais la fama a pulso) Un catalán (quién si no??!!) medio ofendido porque nos hemos sentado cuatro en y sólo ha pedido uno; él, que está aquí "para darnos un servicio y no le consumimos nada". Así que en venganda le ha cobrado al pobre alemán tres euros por un Kas de limón y un platano.
Volvamos al momento recta 17 kilómetros. Impresiona. Y desespera. Pero de verdad. Se hace eterno. Ves una recta larguísima, de arena y piedra, y sólo campos alrededor. Parece que no avanzas nada, que nunca vas a llegar a ningún sitio. Como esas cintas andadoras que usan en los videoclips, que pasan un paisaje por detrás y el cantante sólo da pasos en el mismo sitio. Pues así más o menos cuatro horas. Y cuando llega el pueblo... Porque además era un pueblo sorpresa. Dícese del que no asoma ni la torre del campanario y de repente, cuando llegas al final de una recta o das una curva, plof!!! Aparece. Y te da un subidón...
He andado un tramo con una señora holandesa que venía andandos desde la puerta de su casa. Ha cruzado Holanda, Bélgica se la saltó, Francia y ahora España. Once semanitas de nada. Y aún se está pensando si seguir hasta Finisterre o no. Vamos, que digo yo que ochenta kilómetros arriba o abajo a estas alturas...
La etapa de hoy ha sido bastante cansada. Y no ha sido por la distancia (apenas hemos andado 25 kilómetros); no sé si ha sido el tramo interminable del principio, el calor o qué, pero hemos llegado todo derrotados al albergue. Comentario generalizado.
Después de la duchita y la colada he comido con Susana, Greta y Herbert (Tammy se ha quedado durmiendo), bocadillo de queso (hemos pillado la cocina cerrada) y unas galletitas de chocolate que tenía perdidas por la mochila. Luego Herbert se ha ido a ver el partido (Alemania jugaba con Croacia) y las tres marías nos hemos tumbado en el jardincito del albergue (el que estaba dentro del pueblo, mucho más familiar que el de la entrada, que parecía un hotel de carretera, ahí hemos dejado al suizo y al catalán, que estaban "como reyes", nos han dicho al pasar). Esterilla a la hierba (ya sabía yo que en algún momento la iba a utilizar) y nos hemos pasado la tarde al sol. Vida y milagros de cada una, cervecita va y cervecita viene, estupendamente. Ha habido un amago de tormenta (ha sonado hasta un trueno) e incluso han caído unas gotas (muy raro, porque las nubes estaban bastante alejadas y hacía sol), pero al final hasta hemos podido cenar en el jardín. Pedro se nos ha unido con una súper flauta de jamón.
Creo que toca momento presentación. Más o menos coincidimos la misma gente. Por el día caminamos cada uno a nuestro aire; adelantas a uno, te adelanta otro, hablas un rato con uno, con otro... Pero al final solemos juntarnos el mismo grupo si no en el mismo albergue, sí al menos en el mismo pueblo. Y ellos son:
- De Tammy creo que ya he hablado. Empezamos a andar juntas unos kilómetros más allá de Burgos y ya somos como Pelé y Melé.
- Susana. Una chica inglesa que también empezó el camino en Burgos. Muy simpática y dicharachera. Habla muy bien castellano porque hizo un curso de Erasmus en Valencia y estuvo unas semanas en Sopelana haciendo surf con su hermano. Así que hemos hablado de Fallas, del Carmen, de Aste Nagusia (coincidió cuando estuvo en Sope)...
- Greta. Sueca, más calladita pero encantadora también, y habla y se ríe como la que más en cuanto coge confianza. También "burgalesa".
- Pedro. Madrileño, muy simpático. Pequeñito, con gafas. Hoy me ha dejado un tubo de Reflex. Sale pitando cada mañana prontísimo, así que para cuando llegamos derrotadas al albergue, arrastrándonos con nuestras mochilas, él ya está duchado, comido y descansado.
- Herbert, alemán. En estado de semi-depresión después de la derrota de su selección, aunque mantiene que aún pueden pasar de ronda con no sé qué extraña combinación de resulados; me la ha explicado, pero no me acuerdo. Los tobillos como botas; se ha pasado la tarde con los pies metidos en un barreño de agua fría con sal.
- Santiago, catalán. Un hombre saladísimo. Habla y habla sin parar. Repetidor, siempre tiene alguna anécdota o algo que contar de cada pueblo por el que pasamos.
- Los "simpáticos finlandeses". Son un grupo de como 15 chavales jóvenes extrañísimos. Nórdicos rubísimos, al principio no sabíamos de dónde eran, incapaces de situar el idioma. No andan, se arrastran bajo mochilas de 40 kilos, visten todos de negro y les cuesta Dios y ayuda sonreir. Bueno, ahora parece que empiezan a coger confianza y te saluda y todo. Van con dos monitores. Parece sacados de algún reformatorio o así; no disfrutan lo más mínimo del camino, es como si lo hiciesen obligados, en plan castigo o algo así.
- La viejita italiana. Tendrá como 70 años, anda a pasitos pequeños pero todos seguidos con sus dos bastones, al estilo nórdico.
Y luego están Kevin, un chico estadounidense; Jacques, francés, loquísimo; un matrimonio de Castellón, otro de Sevilla, otra pareja joven de procedencia aún indeterminada; el trío nórdico (maticemos, dos nórdicos y un cubano-estadounidense que pasa la mitad del año en Florida y la otra mitad en Granada, sesentones, muy bromistas y parlanchines)...
Empiezan a aparecer las primeras secuelas del camino: me duele mucho el empeine y ha aparecido algo similar a una ampolla en mi dedo meñique del pie derecho. Parece un principio de tendinitis, me duele bastante al andar. Espero que esto no sea del tipo "principio de embarazo", que se tiene o no se tiene. Me he pasado media tarde con hielo. Que no vaya a más, por favor, que no vaya a más.
Redefiniendo ahí
Miércoles, 11 junio. Boadilla del Camino-Carrión de los Condes, 24,9 kms
Vamos a redefinir el concepto ahí. ¿Qué significa que un pueblo está ahí? Pues ahí, ¿verdad?. Un sitio donde puedes llegar en 5 ó 10 minutos andando. Pues en terminología caminera, o en plena meseta castellana (recién iniciada, hay que matizar), ese ahí puede convertirse en 4, 6 ó 10 kilómetros. Qué difícil es calcular la distancia que falta a un campanario cuando no hay ninguna referencia más en el camino. Y, según dicen, esto no ha hecho más que empezar.
Muy chula la cena de ayer. Acabamos de nuevo en el otro albergue y nos sentaron a la mesa con otras tres chicas. De Orio. Enseguida se unieron también un señor catalán y otro suizo, y al de nada los chicos que llevan el albergue, Edu y Hugo. Edu, además, está (o estaba, hasta ahí no llegó lo que pude entender) con una brasileña, así que para qué quieres más. Nos sacaron casi lo que quisieron para cenar, el señor suizo nos invitó a un chupito, historietas por ahí, historietas para allá (sobre todo en torno a los días que tenemos cada uno de vacaciones; el suizo sólo trabaja cuatro meses al año...)... Lo dicho, una cena muy agradable.
Llevo toda la mañana repitiéndome la pena que me da no haber empezado el camino en Roncesvalles. Sí, ya sé que sólo son 250 kilómetros más, que lo puede hacer otro año... Pero me da mucha pena no haberlo hecho entero (es decir, si llego). Supongo que demuestra bastante bien cómo me encuentro. Por el momento, al menos. Agujetas, 0. Ampollas, 0. Sobrecargas musculares, 0. Sólo los últimos kilómetros de la etapa empiezado a notar doloridos los pies y se me carga ligeramente un músculo que debemos tener a la altura de la cadera. Sólo el lado derecho. Y esta mañana me tiraban un poco los gemelos, pero sólo hasta empezar a andar.
Aquí el que menos veces ha hecho el camino lo ha recorrido la friolera de veinte. Vamos a clasificar los peregrinos en dos, los novatos y los repetidores. Los novatos, la primera vez que lo hacemos, mayoritariamente desde Burgos y otros que van haciendo varias etapas cada año. Y los repetidores, como digo al menos por vigésima vez. Y en sus múltiples variedades; el francés, el de la costa, el primitivo, el portugués... Para todo los gustos. El catalán que cenó anoche con nosotras y con el que he venido andando hoy gran parte del camino es la tercera vez que lo hace. Una vez parando en unos pueblos, otras en otros, la primera en varias tandas... En unos durmiendo en lo alto de un campanario, en otros con cena comunitaria. Y yo sin poder quitarme de la cabeza por qué no habré empezado en Roncesvalles. En fin, otra vez será...
Hoy ha sido el primer día en que no hemos tenido que sacar la capa de la mochila. ¡Bien! Y llevamos toda la tarde buscando el sol como lagartijas. Incluso ahora escribo sentada al sol. Después de tantos días de frío y lluvia, se agradece.
El albergue en el que estamos lo llevan unas monjitas la mar de simpáticas. Hay que quitarse las botas y dejar los bastones en la entrada, así que hay una imagen bastante curiosa de decenas y decenas de botas metidas en baldas. Tiene también cocina, así que hemos ido al super, hecho acopio y nos hemos preparado unos macarrones que no te menees. Pedro, Tammy y yo. Nos hemos puesto las botas. A última hora, además, porque entre que para las nueve y media ya estamos todos en la cama y el horario europeo que lleva todo el mundo (la mayoría de la gente es extranjera), para cuando nos hemos puesto a cenar ya sólo quedábamos un matrimonio de Sevilla, otro de Valencia y otros tres señores que no sé de dónde eran, pero españoles en cualquier caso.
Vamos a redefinir el concepto ahí. ¿Qué significa que un pueblo está ahí? Pues ahí, ¿verdad?. Un sitio donde puedes llegar en 5 ó 10 minutos andando. Pues en terminología caminera, o en plena meseta castellana (recién iniciada, hay que matizar), ese ahí puede convertirse en 4, 6 ó 10 kilómetros. Qué difícil es calcular la distancia que falta a un campanario cuando no hay ninguna referencia más en el camino. Y, según dicen, esto no ha hecho más que empezar.
Muy chula la cena de ayer. Acabamos de nuevo en el otro albergue y nos sentaron a la mesa con otras tres chicas. De Orio. Enseguida se unieron también un señor catalán y otro suizo, y al de nada los chicos que llevan el albergue, Edu y Hugo. Edu, además, está (o estaba, hasta ahí no llegó lo que pude entender) con una brasileña, así que para qué quieres más. Nos sacaron casi lo que quisieron para cenar, el señor suizo nos invitó a un chupito, historietas por ahí, historietas para allá (sobre todo en torno a los días que tenemos cada uno de vacaciones; el suizo sólo trabaja cuatro meses al año...)... Lo dicho, una cena muy agradable.
Llevo toda la mañana repitiéndome la pena que me da no haber empezado el camino en Roncesvalles. Sí, ya sé que sólo son 250 kilómetros más, que lo puede hacer otro año... Pero me da mucha pena no haberlo hecho entero (es decir, si llego). Supongo que demuestra bastante bien cómo me encuentro. Por el momento, al menos. Agujetas, 0. Ampollas, 0. Sobrecargas musculares, 0. Sólo los últimos kilómetros de la etapa empiezado a notar doloridos los pies y se me carga ligeramente un músculo que debemos tener a la altura de la cadera. Sólo el lado derecho. Y esta mañana me tiraban un poco los gemelos, pero sólo hasta empezar a andar.
Aquí el que menos veces ha hecho el camino lo ha recorrido la friolera de veinte. Vamos a clasificar los peregrinos en dos, los novatos y los repetidores. Los novatos, la primera vez que lo hacemos, mayoritariamente desde Burgos y otros que van haciendo varias etapas cada año. Y los repetidores, como digo al menos por vigésima vez. Y en sus múltiples variedades; el francés, el de la costa, el primitivo, el portugués... Para todo los gustos. El catalán que cenó anoche con nosotras y con el que he venido andando hoy gran parte del camino es la tercera vez que lo hace. Una vez parando en unos pueblos, otras en otros, la primera en varias tandas... En unos durmiendo en lo alto de un campanario, en otros con cena comunitaria. Y yo sin poder quitarme de la cabeza por qué no habré empezado en Roncesvalles. En fin, otra vez será...
Hoy ha sido el primer día en que no hemos tenido que sacar la capa de la mochila. ¡Bien! Y llevamos toda la tarde buscando el sol como lagartijas. Incluso ahora escribo sentada al sol. Después de tantos días de frío y lluvia, se agradece.
El albergue en el que estamos lo llevan unas monjitas la mar de simpáticas. Hay que quitarse las botas y dejar los bastones en la entrada, así que hay una imagen bastante curiosa de decenas y decenas de botas metidas en baldas. Tiene también cocina, así que hemos ido al super, hecho acopio y nos hemos preparado unos macarrones que no te menees. Pedro, Tammy y yo. Nos hemos puesto las botas. A última hora, además, porque entre que para las nueve y media ya estamos todos en la cama y el horario europeo que lleva todo el mundo (la mayoría de la gente es extranjera), para cuando nos hemos puesto a cenar ya sólo quedábamos un matrimonio de Sevilla, otro de Valencia y otros tres señores que no sé de dónde eran, pero españoles en cualquier caso.
Y sigue lloviendo...
Martes, 10 junio. Hontanas-Boadilla del Camino, 29,2 kms
¿No lo dije? Mis camisetas no se han secado. Ni mi camiseta, ni mis mudas. Ha debido de llover durante la noche (he dormido con la manta, que frío, pero he sudado y todo!!!) pero ahora aguanta, así que empezamos a andar sin capa ni nada (casi las 7). Ilusas; al de ni dos kilómetros tenemos que parar, quita mochila, abre mochila, saca capa, ponte capa. No sé cómo va a terminar la ropa que llevo colgada de la mochila (enana, sin molinillo!!). En este camino todo el mundo tiene algo que contar; en el bar donde paramos a desayunar, en Castrojeriz, el dueño del bar se hace llamar "El cónsul brasileño" y estuvo viviendo en Sondika y Astrabudua. Así que tema de conversación para las dos: palabritas en brasileño para Tammy y en euskera para mí. Enorme cancarro de café oscuro y pan tostado con mermelada. Mmmmmmmh...
Llegamos hasta Boadilla. Más por obligación que por otra cosa. Desde Carrión de los Condes al siguiente albergue hay 17 kilómetros, así que hay o 19 a Carrión o 36 al siguiente, demasiados sin tener un sitio donde dormir en los últimos kilómetros.
Así que parada y fonda en Boadilla. Nos hemos quedado en el albergue municipal. Vamos a dejarlo en austero; un barracón con varias literas, una cortina en la puerta y la puerta sin cerrar. Dos baños y dos duchas. Por no haber, no está ni la hospitalera, por lo menos a la hora que llegamos. Y únicamente dormidos aquí una señora francesa que camina con vaqueros, Tammy y yo. Al menos, pillamos camas bajas.
A comer hemos venido a otro albergue que se llama En el camino y está genial. Tiene entre el edificio de las habitaciones y el restaurante hay un jardincito con piscina y todo, qué pena que haga taaaaaaaaaaaaaaaaaanto frío y aún esté cerrada. El grupo de irlandeses que nos persigue en autobús ha parado aquí a (iba a decir a comer, pero en honor a la verdad debería decir) beber. Y se han puesto a cantar. Primero a tocar, un clarinete y una guitarra. Pero las cervezas han empezado a hacer efecto y se han ido uniendo algunas chicas. Deben ser las famosas canciones irlandesas, que todo buen compatriota que se precie debe entoncar cuanto está lejos de su pequeña isla. Se lo han pasado en grande (aunque ahora entiendo por qué no para de llover) y ha sido bien bonito.
Por primera vez en lo que llevamos de camino me he podido quitar el polar. Han sido solo 20 minutos, pero qué gozada. Y ahora, ya por la tarde, hasta me he atrevido a dejar la ropa colgada fuera. Aunque hace una tarde rara, tan pronto sale el sol como cae cuatro gotas.
Por cierto, el Pisuerga no sólo pasa por Valladolid. También por Palencia; de hecho, marca la frontera con Burgos. ¡Ya estamos en Castilla!
¿No lo dije? Mis camisetas no se han secado. Ni mi camiseta, ni mis mudas. Ha debido de llover durante la noche (he dormido con la manta, que frío, pero he sudado y todo!!!) pero ahora aguanta, así que empezamos a andar sin capa ni nada (casi las 7). Ilusas; al de ni dos kilómetros tenemos que parar, quita mochila, abre mochila, saca capa, ponte capa. No sé cómo va a terminar la ropa que llevo colgada de la mochila (enana, sin molinillo!!). En este camino todo el mundo tiene algo que contar; en el bar donde paramos a desayunar, en Castrojeriz, el dueño del bar se hace llamar "El cónsul brasileño" y estuvo viviendo en Sondika y Astrabudua. Así que tema de conversación para las dos: palabritas en brasileño para Tammy y en euskera para mí. Enorme cancarro de café oscuro y pan tostado con mermelada. Mmmmmmmh...
Llegamos hasta Boadilla. Más por obligación que por otra cosa. Desde Carrión de los Condes al siguiente albergue hay 17 kilómetros, así que hay o 19 a Carrión o 36 al siguiente, demasiados sin tener un sitio donde dormir en los últimos kilómetros.
Así que parada y fonda en Boadilla. Nos hemos quedado en el albergue municipal. Vamos a dejarlo en austero; un barracón con varias literas, una cortina en la puerta y la puerta sin cerrar. Dos baños y dos duchas. Por no haber, no está ni la hospitalera, por lo menos a la hora que llegamos. Y únicamente dormidos aquí una señora francesa que camina con vaqueros, Tammy y yo. Al menos, pillamos camas bajas.
A comer hemos venido a otro albergue que se llama En el camino y está genial. Tiene entre el edificio de las habitaciones y el restaurante hay un jardincito con piscina y todo, qué pena que haga taaaaaaaaaaaaaaaaaanto frío y aún esté cerrada. El grupo de irlandeses que nos persigue en autobús ha parado aquí a (iba a decir a comer, pero en honor a la verdad debería decir) beber. Y se han puesto a cantar. Primero a tocar, un clarinete y una guitarra. Pero las cervezas han empezado a hacer efecto y se han ido uniendo algunas chicas. Deben ser las famosas canciones irlandesas, que todo buen compatriota que se precie debe entoncar cuanto está lejos de su pequeña isla. Se lo han pasado en grande (aunque ahora entiendo por qué no para de llover) y ha sido bien bonito.
Por primera vez en lo que llevamos de camino me he podido quitar el polar. Han sido solo 20 minutos, pero qué gozada. Y ahora, ya por la tarde, hasta me he atrevido a dejar la ropa colgada fuera. Aunque hace una tarde rara, tan pronto sale el sol como cae cuatro gotas.
Por cierto, el Pisuerga no sólo pasa por Valladolid. También por Palencia; de hecho, marca la frontera con Burgos. ¡Ya estamos en Castilla!
miércoles, 11 de junio de 2008
¡Buen camino!
Lunes, 9 junio. Burgos-Hontanas, 29,2 kms
¿Quién se puede perder en un camino en el que hasta el último cruce, el último giro, hasta un desvío campo a través porque la pista está embarrada, está señalizado? ¿En el que a cada paso hay un cartel, una flecha pintada en una piedra, una señal de tráfico o una fuente, o una tela amarilla colgada en una valla? ¡Aitziber! (quién si no??!!)
El despertador ha sonado a las 5.30. Pero en este albergue nadie se mueve. Y eso que me habían dicho que era la hora habitual de levantarse... ¡Genial! Media vuelta. Espera, ¿qué es ese goteo que suena fuera? Que no llueva, por favor, que no llueva... 6.15. Aquí sigue sin levantarse nadie. Pues yo me voy a levantar, que para algo es mi primer día. Una lavadita, guardar el saco y... ¡a sacar el poncho! Llueve, sí. Menudo estreno... En fin. Son como las siete de la mañana cuando salgo del albergue, casi de noche con este día gris que ha salido. Sin café ni nada, un chocolate, que la máquina estaba que no daba más.
Por la acera va habiendo conchitas de metal en el suelo. Una, otra, un cartelito un poco más adelante... Fácil. La carretera, ya he salido de Burgos. Hace un rato que no veo ninguna marca. Un poco más adelante, un cartel de carretera indica "Camino de Santiago". Tendrá que servir... En un polígono industrial acabo entrando en un bar a preguntar.
- Buenos días. ¿A Hontanas voy bien por aquí?
- ¿Fantonas?
- (madredelamorhermoso) Hontanas, Hontanas.
- Y eso qué es, ¿un pueblo?
- (la de Cádiz me ha tenido que tocar...) Sí, un pueblo.
Un chico que hay en la barra acude en mi ayuda.
- Sí, por aquí vas bien. Sigue y un poco más adelante a la derecha.
- (Perfecto!!) Vale, gracias.
Pues sigo adelante. Coches que pasan, camiones que me salpican, no hace más que jarrear y ni un alma por la carretera. Y claro, ninguna marca. Pero bueno, si han dicho que es por aquí...
- Pssssss, psssssss... Eh! Que por ahí vas mal!!!!
- ¡Perdón?!
- El camino lo has dejado casi cuatro kilómetros más atrás.
- ¡Mecagüenlosindiosarapajoes!!
Menos mal que la mujer del coche se enrolla y me lleva de vuelta hasta el cruce.
- ¿Ves? Ahí a la derecha. ¿No ves el cartel? ¿Y la flecha? ¿Y aquella otra?
- Ah... Claro, entre que llovía y era medio de noche, ni me he fijado... (bochorno absoluto).
La peregrina extraviada y recogida por la buena samaritana está por fin en el camino. El de verdad. Una flecha, otra, un cartel, otro cartel... Una bici me adelanta.
- ¡Buen camino!
Y me sale una sonrisa que ni te cuento. Qué emoción... Y otra.
- ¡Buen camino!
Creo que voy a levitar de emoción. A la primera mujer que adelanto me lanzo y todo: ¡Buen camino! Si es que así da gusto...
En el prmer pueblo que cruzo, Tardajos, han aparcado un par de autobuses con miles de personas que se atan zapatillas y se ajustan mochilas diminutas. Esto se va a convertir en romería... Ando a la par de un señor catalán, Toni, que está haciendo el camino con dos amigs, de Santo Domingo de la Calzada a León. No para de hablar y se me hace super ameno, aun con peligro de quedarse sin resuello. Hace dos años hicieron la parte gallega, el año pasado de Roncesvalles a Sto. Domingo, lo que peor llevó fue las rodillas, su amigo el que se ha quedado atrás pesa este año 10 kilos más y claro, es otra mochila...
El pueblo donde pensaba parar a desayunar sigue sin aparecer.
- Después de esa loma seguro que se ve.
Que Dios le oiga, que Dios le oiga. Pero subimos la loma y... Nada. Bueno sí, más campo. Y más lomas. Por fin, a la enésima... Una auténtica pista negra de bajada y un poco más allá... ¡El pueblo! ¡Mi desayuno!
- ¿Sacamos los esquíes para bajar o qué?
El otro amigo de Toni nos ha esperado. Parecía que el pueblo estaba cerca pero...
El palo en la mano. Tenía que andar medio encogida para apoyarme en él.
- Es que me lo ha dejado mi hermana y claro, como es bajita, compró una talla pequeña. Y me va corto.
- (Cara indescriptible) ¡¿Cómo?!
- Sí, mira, que no me llega casi a la cintura...
Zis-zas. En un segundo tengo un bastón como Dios manda.
- Jajajajajaja... (carcajada indescriptible) Ibas a llegar a Santiago con chepa...
Creo que no necesito añadir ningún comentario más. Y el pueblo se ve, se ve, pero sigue sin llegar.
Por fin, un bar. Cortado y pincho de tortilla, que se convierte en un bocadillo gracias al pedazo de pan que me saca la chica. 2,60 euros. Hummmmmmm...
En el bar hay otra pareja y una chica con una mochila que mide dos metros y debe pesar como 40 kilos. Llegan otras dos señoras, otra pareja, Toni y los dos amigos... y toda la marabunta de los autobuses. Aquello ya parece el bar de una estación.
Me voy con la chica de la mochila, Tammy, brasileña, lleva año y medio trabajando en Londres. Pero se vuelve ya. Volvemos a alcanzar a Toni y sus amigos. Nos hemos quitado las capas y empieza otra vez a chispear. Chispea, chispea, hasta que se convierte en sirimirihijoputa. Otra vez la capa.
Al atravesar una carretera vemos un autobús que espera a peregrinos. Tammy pregunta "¿les lleva al hotel?" Sí. Tuerce el morro. "Trampa, trampa...".
Seguimos andando, andando, andando. Están chulísimos los campos de trigo. Como hay viento, agita las mieses y parece un mar. Un cartel "Hontanas, 0,5 kilómetros". Por fin!!!!!!!!!!! Pero no se ve pueblo por ninguna parte, ni campanario, ni nada. Pero esta ya me la sé yooooo... Una curva y de repente, en una vaguada, ¡el pueblo! Bien. Albergue Puntido y Albergue Municipal. En el Puntido, una horda de alemanes bebiendo cerveza. Sin mochilas. "Los tramposos", se ríe Tammy. Al municipal. La duchita me sienta genial. Aunque hace un frío... Todo el mundo (la menda incluida, como no) coge una manta para dormir. Al menos mañana no va a llover. Eso espero. Se lo he oido decir a una señora. Por de pronto, hoy mis calcetines no se van a secar.
¿Quién se puede perder en un camino en el que hasta el último cruce, el último giro, hasta un desvío campo a través porque la pista está embarrada, está señalizado? ¿En el que a cada paso hay un cartel, una flecha pintada en una piedra, una señal de tráfico o una fuente, o una tela amarilla colgada en una valla? ¡Aitziber! (quién si no??!!)
El despertador ha sonado a las 5.30. Pero en este albergue nadie se mueve. Y eso que me habían dicho que era la hora habitual de levantarse... ¡Genial! Media vuelta. Espera, ¿qué es ese goteo que suena fuera? Que no llueva, por favor, que no llueva... 6.15. Aquí sigue sin levantarse nadie. Pues yo me voy a levantar, que para algo es mi primer día. Una lavadita, guardar el saco y... ¡a sacar el poncho! Llueve, sí. Menudo estreno... En fin. Son como las siete de la mañana cuando salgo del albergue, casi de noche con este día gris que ha salido. Sin café ni nada, un chocolate, que la máquina estaba que no daba más.
Por la acera va habiendo conchitas de metal en el suelo. Una, otra, un cartelito un poco más adelante... Fácil. La carretera, ya he salido de Burgos. Hace un rato que no veo ninguna marca. Un poco más adelante, un cartel de carretera indica "Camino de Santiago". Tendrá que servir... En un polígono industrial acabo entrando en un bar a preguntar.
- Buenos días. ¿A Hontanas voy bien por aquí?
- ¿Fantonas?
- (madredelamorhermoso) Hontanas, Hontanas.
- Y eso qué es, ¿un pueblo?
- (la de Cádiz me ha tenido que tocar...) Sí, un pueblo.
Un chico que hay en la barra acude en mi ayuda.
- Sí, por aquí vas bien. Sigue y un poco más adelante a la derecha.
- (Perfecto!!) Vale, gracias.
Pues sigo adelante. Coches que pasan, camiones que me salpican, no hace más que jarrear y ni un alma por la carretera. Y claro, ninguna marca. Pero bueno, si han dicho que es por aquí...
- Pssssss, psssssss... Eh! Que por ahí vas mal!!!!
- ¡Perdón?!
- El camino lo has dejado casi cuatro kilómetros más atrás.
- ¡Mecagüenlosindiosarapajoes!!
Menos mal que la mujer del coche se enrolla y me lleva de vuelta hasta el cruce.
- ¿Ves? Ahí a la derecha. ¿No ves el cartel? ¿Y la flecha? ¿Y aquella otra?
- Ah... Claro, entre que llovía y era medio de noche, ni me he fijado... (bochorno absoluto).
La peregrina extraviada y recogida por la buena samaritana está por fin en el camino. El de verdad. Una flecha, otra, un cartel, otro cartel... Una bici me adelanta.
- ¡Buen camino!
Y me sale una sonrisa que ni te cuento. Qué emoción... Y otra.
- ¡Buen camino!
Creo que voy a levitar de emoción. A la primera mujer que adelanto me lanzo y todo: ¡Buen camino! Si es que así da gusto...
En el prmer pueblo que cruzo, Tardajos, han aparcado un par de autobuses con miles de personas que se atan zapatillas y se ajustan mochilas diminutas. Esto se va a convertir en romería... Ando a la par de un señor catalán, Toni, que está haciendo el camino con dos amigs, de Santo Domingo de la Calzada a León. No para de hablar y se me hace super ameno, aun con peligro de quedarse sin resuello. Hace dos años hicieron la parte gallega, el año pasado de Roncesvalles a Sto. Domingo, lo que peor llevó fue las rodillas, su amigo el que se ha quedado atrás pesa este año 10 kilos más y claro, es otra mochila...
El pueblo donde pensaba parar a desayunar sigue sin aparecer.
- Después de esa loma seguro que se ve.
Que Dios le oiga, que Dios le oiga. Pero subimos la loma y... Nada. Bueno sí, más campo. Y más lomas. Por fin, a la enésima... Una auténtica pista negra de bajada y un poco más allá... ¡El pueblo! ¡Mi desayuno!
- ¿Sacamos los esquíes para bajar o qué?
El otro amigo de Toni nos ha esperado. Parecía que el pueblo estaba cerca pero...
El palo en la mano. Tenía que andar medio encogida para apoyarme en él.
- Es que me lo ha dejado mi hermana y claro, como es bajita, compró una talla pequeña. Y me va corto.
- (Cara indescriptible) ¡¿Cómo?!
- Sí, mira, que no me llega casi a la cintura...
Zis-zas. En un segundo tengo un bastón como Dios manda.
- Jajajajajaja... (carcajada indescriptible) Ibas a llegar a Santiago con chepa...
Creo que no necesito añadir ningún comentario más. Y el pueblo se ve, se ve, pero sigue sin llegar.
Por fin, un bar. Cortado y pincho de tortilla, que se convierte en un bocadillo gracias al pedazo de pan que me saca la chica. 2,60 euros. Hummmmmmm...
En el bar hay otra pareja y una chica con una mochila que mide dos metros y debe pesar como 40 kilos. Llegan otras dos señoras, otra pareja, Toni y los dos amigos... y toda la marabunta de los autobuses. Aquello ya parece el bar de una estación.
Me voy con la chica de la mochila, Tammy, brasileña, lleva año y medio trabajando en Londres. Pero se vuelve ya. Volvemos a alcanzar a Toni y sus amigos. Nos hemos quitado las capas y empieza otra vez a chispear. Chispea, chispea, hasta que se convierte en sirimirihijoputa. Otra vez la capa.
Al atravesar una carretera vemos un autobús que espera a peregrinos. Tammy pregunta "¿les lleva al hotel?" Sí. Tuerce el morro. "Trampa, trampa...".
Seguimos andando, andando, andando. Están chulísimos los campos de trigo. Como hay viento, agita las mieses y parece un mar. Un cartel "Hontanas, 0,5 kilómetros". Por fin!!!!!!!!!!! Pero no se ve pueblo por ninguna parte, ni campanario, ni nada. Pero esta ya me la sé yooooo... Una curva y de repente, en una vaguada, ¡el pueblo! Bien. Albergue Puntido y Albergue Municipal. En el Puntido, una horda de alemanes bebiendo cerveza. Sin mochilas. "Los tramposos", se ríe Tammy. Al municipal. La duchita me sienta genial. Aunque hace un frío... Todo el mundo (la menda incluida, como no) coge una manta para dormir. Al menos mañana no va a llover. Eso espero. Se lo he oido decir a una señora. Por de pronto, hoy mis calcetines no se van a secar.
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